
Ella era un chica impulsada por su afán de protagonismo y su ambición. Nada le causaba más temor que verse más renegada que los demás. Necesitaba un esposo rico, guapo y galán, para poder fardar antes sus amistades. No le importaba el amor. Decía que eso era cosa de viejos y que ella ahora lo que necesitaba era disfrutar, porque para Aretha el amor limitaba muchas acciones y sólo traía complicaciones, celos, malos entendidos y según decía ‘’largos paseos tontos por una playa agarrados de las manos’’. Para Aretha su concepto del amor era ese. Algo aburrido y pasajero. Algo que si nadie comprendía no sabía por qué había de existir. Pero cuando le vio tirado en el suelo, sangrando por el pecho, después de un tiroteo en el banco, cuando vio sus ojos y el temor de no volver a verle más le invadió, comprendió que no sólo le apetecía la compañía del señor Hugh, sino que también le amaba…y ahora…maldita sea, ahora iba a morir sin haberle dicho que realmente estaba enamorada de él. Recordaba cómo él le agarraba las manos y se las pasaba por la mejilla para llevarse consigo el último recuerdo de una caricia suya.
Le dijo que no llorase pero Aretha se sentía mal por dentro, se detestaba a sí misma por no haber aprovechado todo aquel tiempo. Hubiera dado su vida por salvar la de él. Porque sentía que él debía tener una segunda oportunidad para poder escuchar un ‘’te quiero’’ de sus labios. No la había, pues murió horas más tarde y Aretha no fue al entierro. Tampoco comprendía qué hacía la gente en un funeral…el muerto no iba a revivir, lo veía absurdo. Así que fue a las rocas de la playa, esa a la que nunca fue con el señor Hugh y mucho menos agarrados de las manos. Se sentó en la roca más alta y cruzó las piernas. El gélido aire le estremecía y a la vez la tranquilizaba. El sentimiento de culpabilidad no se le iría, ella bien se conocía. Si tuviera la oportunidad de haberle dicho cuánto le quería quizás eso le habría dado esperanzas para seguir con vida. Se engañaba como podía…
Quizás todos hemos sido un poco como Aretha, pensando que los demás conocen nuestros sentimientos, nuestras fortalezas y debilidades, pero quizás todo lo que aparentamos es una pequeña coraza de lo que realmente somos o queremos sentir…Y nos engañamos y pretendemos ser alguien que no somos, queremos demostrar que es fácil conocernos, que todos pueden saberlo todo de nosotros, pero lo cierto es que nadie se conoce a sí mismo hasta que llegamos a un punto límite…y es entonces cuando no podemos escapar de lo que verdaderamente somos…
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